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En un lugar de Castilla, la Armada estableció una fábrica de betunes a finales del siglo XVIII.

En aquellos momentos ya existían otras en la península: la de Tortosa y la de Castril, que aprovisionaban de este material al Arsenal de Cartagena y a La Carraca (Cádiz) respectivamente. Sin embargo, no producían lo suficiente para abastecer al Arsenal de Ferrol.

Betún era el nombre genérico de una serie de productos (alquitrán, brea…) utilizados para impermeabilizar los buques. Se obtenían a partir de la cocción en hornos de la tea extraída, generalmente, de toconas. El tocón o tocona es la parte del tronco de un árbol que queda unida a la raíz al cortarlo por el pie.

Corría el año 1785 cuando el intendente Pedro María de Villanueva fue comisionado para escoger la ubicación más idónea para la nueva fábrica. Debía tenerse en cuenta la materia prima, el proceso de manufactura, la buena comunicación de los lugares, así como, la proximidad al mar, para el transporte de importantes cantidades del producto. Se hicieron averiguaciones en los lugares que pertenecían a la jurisdicción de Marina, de acuerdo con la Ordenanza General de Montes de 1748.

La comarca de Pinares, entre Burgos y Soria, cumplía los requisitos establecidos. En primer lugar, en la zona había abundancia de pinos (pudio, negral y arbal), cuya madera era muy resinosa. Tal y como expuso el ingeniero naval Manuel Romero de Landa las toconas o cepas, árboles viejos y otros despojos que resultan de las cortas y labras eran inagotables por muchos años. Además, se hizo un experimento en un horno para comprobar la calidad del producto: 115 arrobas de astillas teosas sacadas de las cepas y raíces de árboles cortados anteriormente produjeron 25 arrobas de brea negra de buena calidad.

En segundo lugar, los caminos de los montes favorecían la extracción de la madera. Asimismo, se podía contar con los carreteros, profesión muy arraigada en  la zona, que llevarían el producto a Santander, pasando por Burgos y Reinosa.  Según las estimaciones, la distancia al mar era de 41 a 48 leguas. Desde el Ribero del Cajo se transportaría al Arsenal de Ferrol en barco.

Por último, los habitantes de la comarca ya conocían el oficio, en concreto los de la villa de San Leonardo. Aún así para generalizarlo, se comisionó a operarios de Tortosa. También llegaron dos maestros toneleros para enseñar a hacer las barricas necesarias para el transporte del producto.

En este punto, cabe señalar la mentalidad ilustrada del intendente Villanueva. Quería que los naturales adquiriesen una formación para ganarse la vida a través de un oficio, el cual, por ende, tenía una utilidad pública: el fomento de la industria nacional.

Además, para promocionar el empleo, se otorgaron privilegios a sus operarios. Primero, el Fuero de Marina en 1794. Si cometían un delito, se sometían a la jurisdicción de Marina, no a la ordinaria. Y posteriormente, la exención de milicias y de sorteo de quintas. Según se disponía en la Real Cédula de 1796, éstos no hacían un servicio menos importante en la ocupación de sus trabajos que en el ejercicio de las armas.

Pero conviene no olvidar que era un trabajo duro, no exento de riesgos. Así lo exponía María Teresa García, viuda del alquitranero Francisco Hernaltes: estando su marido haciendo tea para construir alquitrán se desgajó una rama de un roble y cayó sobre su cabeza, de cuyo golpe le dejó muerto, sin que pudiera recibir el sacramento de la extrema unción. La mujer recibió de pensión la mitad del último jornal que tuvo el difunto. Al atender este tipo de solicitudes, según el intendente Villanueva, se conseguía que los operarios tuvieran la esperanza en que sus mujeres en iguales fracasos podrían tener ciertos alivios, de modo que trabajarían más gustosos en faenas de estos tan útiles establecimientos.

Corral de Piedra, Rozavientos y Portillo del Lobo. Son algunos de los parajes que se reconocieron para ubicar los hornos que se construyeron por cuenta del erario público. Fueron entre 50 y 60, distribuidos en los términos de los pueblos de Quintanar de la Sierra, Vilviestre del Pinar, Regumiel, Canicosa y Palacios de la Sierra. Los que han llegado hasta nuestros días tienen dos pozos, alguno tres, excavados en el suelo.

En 1787 terminaron las obras de construcción del almacén, aljibes y pabellones de la Real Fábrica. Sin embargo, su trayectoria fue corta. Por una Real Orden de 20 de diciembre de 1825 se mandó que la Marina se desprendiese tanto de ella, como de la de Castril, porque no resultaban rentables. Solo quedó la de Tortosa.

Los expedientes relativos al establecimiento de las Reales Fábricas de Castril y de Tortosa se encuentran en el Archivo General de Simancas; mientras que el correspondiente al de la de Quintanar de la Sierra, se custodia en el Archivo General de la Marina Álvaro de Bazán (Viso del Marqués).

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