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Carahoja:
Tres veces por tierra ha huido
este perro, y treinta doblas,
di aquellos que le han traído.
Cristiano:
Si las prisiones no doblas, 
haz cuenta que me has perdido:
que, aunque me desmoches todo, 
y me pongas de otro modo
peor que este en que me veo,
tanto el ser libre deseo,
que a la fuga me acomodo
por la tierra o por el viento,
por el agua y por el fuego;
que, a la libertad atento,
a cualquier cosa me entrego
que me muestre este contento.

Miguel de Cervantes
Los baños de Argel

Seguramente Miguel de Cervantes haya sido el cautivo de Argel más famoso. Fue encerrado en un baño, esto es, en un corral o patio con aposentos alrededor, en el que recluían a los cristianos para evitar que escaparan.

Intentó varias veces fugarse. En la primera ocasión, quiso llegar a pie a Orán; en las posteriores, por mar. No lo consiguió. Al final, fue rescatado.

Tras varios siglos de conflictos, como indica el historiador Chakib Benafri, las relaciones de los estados del Mediterráneo mejoraron en el siglo XVIII, gracias a la diplomacia. Sin embargo, hasta que dio fruto la política pacifista de la corte de Madrid, el corso berberisco seguía apresando buques españoles. Eran muchos los que daban con sus huesos en Argel.

Según consta en un expediente del Archivo General de Simancas, Juan Bautista Areco, de origen genovés, pero criado en España desde tierna edad, era capitán de una polacra propia que fue capturada a la altura de Cerdeña. Le llevaron a Argel con otros 16 hombres que aprisionaron el 29 de marzo de 1760 y fue aplicado a trabajos ordinarios. Pero no hay en los documentos ningún dato que nos permita saber de quién era esclavo.

Después de casi cinco años de cautiverio, suplicando a nuestro Señor les facilitase camino a muchos cristianos que allí padecían, decidió huir. Lo intentó en distintas embarcaciones sin éxito, por lo que decidió construir su propio buque.

Tampoco hay noticia alguna sobre cómo pudo reunir el dinero suficiente para costear y fabricar con ayuda de otros y con el mayor secreto un barco de 21 palmos, donde apenas cabían 21 hombres. Sí consta que lo hicieron en el jardín de uno de ellos, un renegado, quien se arrepintió de su conversión al islam, gracias a Areco, y se unió a la fuga.

Tras hacer la embarcación, rompieron la tapia del jardín para sacarla a hombros y botarla, pasando cerca de uno de los castillos de Argel. Con notorio peligro, expusieron sus vidas, si eran descubiertos, ya con ánimo de sufrir el más riguroso martirio si los moros sentían su fuga y fábrica de dicho barco. Embarcaron a las 11 de la noche del 5 de agosto de 1765 y, al cabo de tres días, lograron arribar a Ibiza, burlando a dos galeotas de moros que salieron en su búsqueda.

Al llegar a puerto, las autoridades tomaron declaración a Areco y al resto de los fugitivos: el renegado Juan Antonio Montoro, natural de Granada; Manuel Martínez, de Cádiz; José Resa Miranda, de Navarra; Juan Jiménez, sevillano; el leonés Antonio Rodríguez; Manuel Cayetano, de Salamanca; Jerónimo Valero, murciano; los catalanes José Burgueras, Juan Piurdi, Pablo Unibar, Juan Giordi y Antonio Pastor; los genoveses Francisco María Chapurri y Antonio Bernigu; Antonio Manuel Coella y Fancisco Antonio y Ambrosio Pereyra, portugueses; José Rodríguez, napolitano; Juan Candau, francés; así como, Miguel Ángel Latour y Pablo Valía, malteses.

Areco estaba en la mayor miseria, por lo que suplicó al rey un empleo como capitán de galeota para ir contra los moros con el destino que fuere del real agrado, prometiendo el mayor desempeño y defensa a costa de su vida. Y además pedía una ayuda de costa para poderse mantener.

Alegó que desde los 18 años había ejercido de patrón y capitán de embarcaciones, declarando diversos servicios a la corona española: había hecho transportes en la conquista de Orán, cuando Su Majestad pasó a posesionarse del Reino de Nápoles, llevó en su embarcación 37 caballos y después condujo tropa a Sicilia. Sin embargo, nunca había servido en los bajeles de la Real Armada.

Su memorial llegó al secretario de Estado y del Despacho de Marina, Julián Arriaga, quien dispuso que se hiciera una investigación sobre este marino para ver si era apropiado para algún destino de oficial de mar.

El alférez de fragata Antonio de Córdoba, capitán de la galeota Golondrina, que le condujo a Cartagena, declaró que era hombre de buenos modales y trabajador pues ayudaba a las faenas que en la galeota se ofrecían. Aun así, no consideraba que fuese acreedor del mando de una galeota, porque para este destino, ya tenía el rey oficiales muy a propósitos y de entera satisfacción. 

De acuerdo con los informes le consideraron acreedor a la piedad de Su Majestad, por lo bien dispuesto de la fuga de Argel y a lo que se expuso en aquella acción. 

Areco consiguió un destino de contramaestre de uno de los navíos de guerra. Sin embargo, lo rechazó, argumentando que su edad avanzada de 52 años, no le permitía el exacto cumplimiento de tan sublimado honor que exigía la más prolija atención y desempeño. Le pesaban los años.

Dirigió al rey un segundo memorial solicitando una nueva merced: el empleo de cabo de lancha de Sanidad en cualquiera de los puertos de España, en cuyo destino esperaba el suplicante manifestar su honrado y práctico proceder al favor que Su Majestad le franqueaba; o bien una colocación en cualquiera de los almacenes de los dichos puertos que le sufrague a su manutención y decencia.

Esta vez la petición no se le concedió. Únicamente el monarca le otorgó la ayuda que había solicitado. 

Lo que ya no sabemos es si Areco se conformó con los cincuenta doblones sencillos por una vez, que Arriaga dispuso que se le pagase.

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