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En los combates navales hubo muchos héroes anónimos. Nadie contó jamás su historia. Sus protagonistas ni tenían apellidos conocidos, ni pertenecían a una ilustre estirpe. Sin embargo, algunas acciones singulares corrieron mejor suerte. Como la de Ramón Piñón, escrita y difundida por su ejemplaridad.

Natural de Ferrol, servía de primer guardián en el bergantín Rosalía armado en corso y mercancía tripulado con 27 hombres. En 1801, en su travesía de Veracruz a La Habana, llevaba la correspondencia del real servicio y pública, para la capital y las islas de Barlovento. A los cinco días de navegación, a las nueve de la noche, cuando estaba sobre la bahía del Misisipi, fue atacado por el corsario inglés Los dos amigos, de porte 16 cañones y dos guardatimones del calibre de a ocho reforzados.

Los españoles respondieron. Lograron desmontarle un cañón matándole la gente que lo servía. Dos ingleses intentaron abordar al Rosalía, pero murieron. Los españoles arrojaron a la proa del enemigo un frasco de fuego, esto es, una vasija de vidrio llena de pólvora con una mecha encendida, liada a su cuello. Aprovechando la confusión que ocasionó, saltaron a su cubierta el capitán Manuel Santos, el contramaestre, Piñón, el segundo guardián y un muchacho.

Este último enseguida volvió a su barco. Un chuzo atravesó la cara del capitán, de una a otra mejilla; además, recibió un sablazo en el hombro. El contramaestre también resultó herido y el segundo guardián murió.

Ante la situación trataron de regresar a la Rosalía. Piñón, al cubrir a su capitán, fue el único que no lo consiguió. Los ingleses tenían entonces 29 hombres muertos y 14 heridos, de los 78 que componían su dotación. Desatracándose de su enemigo el bergantín español prosiguió su derrota.

Piñón quedó solo y desamparado, ofendiendo y defendiéndose hasta que cansado y desangrado cayó sobre la misma cubierta. Allí lo dejaron sus enemigos dándole por rendido. En esta situación tuvo un marinero la atrocidad de desentroncarle de un hachazo el brazo derecho.

Cuando el capitán inglés Fix se restableció de las heridas recibidas, se enteró de esta acción no menos vil que inhumana obra de un portugués al que no consideraba de su tripulación inglesa. Para exonerar a sus compatriotas de dicho delito, le dijo a Piñón quién había sido el culpable. Castigó severamente al agresor y decidió que, cuando regresaran a Providencia, lo entregaría a las autoridades de La Habana para que recibiera el castigo que mereciera.

Treinta sablazos recibió el valiente Piñón de cintura para arriba. Siete de ellos, todos mortales, en la cabeza, de la que le sacaron varios pedazos de hueso. Tres en la cara: uno le dejó colgando una oreja; otro le quitó las narices; y otro sobre una ceja le echó abajo el párpado con parte del hueso. El brazo derecho cortado y el izquierdo manco de los sablazos, con dos dedos menos en aquella mano.

Si bien fue atendido a bordo, Fix, deseoso de manifestar el distinguido aprecio que le merecía la intrepidez y valor del marinero español, liberó un bongo que había apresado para que lo llevara a la provincia de Tabasco, recomendándole muy particularmente a su gobernador para que cuidase con esmero de su curación pues, no merecía dejarlo morir.

El gobernador de Tabasco le asistió y, aunque parecía imposible que pudiese vivir, cicatrizaron sus heridas a excepción de las de los brazos.

El virrey de Nueva España, Félix Berenguer de Marquina, ofreció a Piñón su ayuda para aliviar la desgraciada constitución a la que le había reducido su valor. Intercedió por él ante el secretario de Estado y del Despacho de Marina el 27 de octubre de 1801 para que llegara la noticia al monarca, con el fin de que se dignara, por un efecto de su real clemencia y benignísimo corazón conceder a este infeliz esforzado vasallo algún socorro vitalicio con que pudiera sostenerse, ya que su espíritu le ha constituido en la triste suerte de no poderse ganar el sustento a costa de su trabajo personal pues si sobrevivía, iba a quedar enteramente inútil.

Según la Secretaría de Marina, no solo había que admirar el extraordinario esfuerzo y valentía de Piñón en el combate, sino el espíritu de subordinación, de respeto y miramiento a sus superiores, como lo demostraba muy bien el haber procurado poner en salvo a su capitán aún a costa de quedarse él solo en el barco enemigo peleando contra todos los que componían su dotación.

Enterado el rey de las circunstancias de esta bizarra acción y deseando premiar el sobresaliente mérito que contrajo Ramón Piñón le concedió seis reales diarios de pensión vitalicia. Al tiempo, mandó que se hiciera pública su distinguida conducta con el fin de servir a otros de ejemplo y logre el honor y aplauso de que es digna. La noticia se publicó en la Gazeta de Madrid del martes 27 de abril de 1802.

En el Archivo General de la Marina “Álvaro de Bazán” se custodian los expedientes de Matrícula de la Secretaría de Estado y del Despacho de Marina entre los que se encuentra el de este valiente español.

 

Para saber más, recomendamos consultar:

Archivo General de la Marina “Álvaro de Bazán”

Gazeta: colección histórica

 

Recursos audiovisuales:

Balleneros convertidos en corsarios. Españoles en la mar. RTVE.

 

 

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